47 años del golpe y la continuidad de la lucha popular

Por Mate Amargo

Escribir sobre el 11 de septiembre es un ejercicio que rememora muchas situaciones de la historia política y social del país, así como también, por supuesto, la propia biografía colectiva de una actual generación que se organiza y lucha.

Reconstruir y reflexionar en torno al proyecto político encarnado en la Unidad Popular y la izquierda tradicional e institucional, es conectarse con años de acumulación de fuerza política, organizativa e ideológica de los sectores populares, los cuales venían realizando diversas formas de canalización de sus luchas, expresadas por ejemplo en huelgas obreras y en la construcción de orgánicas de masas que venían a representar en el escenario político nacional la situación de las y los trabajadore/as; tales como la histórica CUT de los 50’, con la perspectiva clasista y anticapitalista con militantes revolucionarios como Ernesto Miranda o Clotario Blest entre otro/as.

También fue el tiempo de las tomas de terreno, de la acción directa y organizada del pueblo pobre de la ciudad, del levantamiento de nuevos territorios que modificaron la geografía urbana, desafiando así al orden social burgués y a su ilusoria idea de una sociedad libre de contradicción de clase en plena urbe, conflicto existente hasta nuestros días.

Es el tiempo de las reformas agrarias tibias de Alessandri o de Frei Montalva, quienes al amparo del imperialismo estadounidense más la Alianza para el Progreso intentaban amortiguar el descontento social para evitar una “segunda Cuba”, tan temida por los medios de comunicación y los dueños del poder y la riqueza. Sin embargo, fueron los pobres del campo quienes confiaron más en la reforma agraria de Allende y/o en las corridas de cerco como acción directa, sumándose a un proceso histórico que permitió ir perspectivando el Poder Popular en sectores rurales con la consigna de “la tierra para el que la trabaja” “Tierra o Muerte”.

La UP vendría a ser la culminación de ese proceso de acumulación, que por tercera vez intentaba ocupar la institucionalidad burguesa para instalar un gobierno del pueblo trabajador, pues como dice el dicho popular “la tercera es la vencida”, y así fue.

Son los años en que la izquierda revolucionaria había avanzando en su proceso unitario, hasta decantar en el Movimiento Izquierda Revolucionaria (MIR) partido que plantearía para el período 1970 – 1973, la construcción de una “fuerza social revolucionaria” la cual crecería a ritmo agigantado a través de sus frentes político intermedios como el Movimiento Campesino Revolucionario (MCR); el Frente Trabajadores Revolucionarios (FTR); el Movimiento Pobladores Revolucionarios (MPR); el Frente Estudiantes Revolucionarios (FER), los cuales apuestan por crear y multiplicar el Poder Popular entre los pobres del campo y la ciudad.

 

Los mil días de la UP contaron con el apoyo crítico de este sector, abriendo un espacio revolucionario “desde abajo” que se expresaría en Cordones Industriales, Comandos Comunales, tomas de terreno, fundos y fábricas, teniendo como principal sujeto, al pueblo trabajador. El apoyo crítico al “Compañero Presidente” se realizó para resguardar su seguridad personal y a través de la infiltración directa a las FFA y los partidos de derecha, obtener información relevante para el proceso y tener una respuesta organizada al devenir contrarrevolucionario y represivo por parte de estos agentes.

 

Entre los elemento que destacamos del período de la Unidad Popular es la experiencia política concreta de amplias masas populares en el terreno de la lucha de clases más abierta, dentro y fuera de la UP, ya que es el pueblo organizado el que destaca de manera resuelta en el proceso. Si pensamos el período de 1970 a 1973 sin el golpe de estado como momento trunco de la revolución chilena, podemos visualizar un proyecto político en curso que le faltó tiempo y materialidad concreta para defenderse y proyectarse. No obstante, esta reflexión es producto de la posibilidad que hemos adquirido con el paso de los años, el que hoy podamos evaluar, discutir, reflexionar sobre el comportamiento del imperialismo y la burguesía, en tanto enemigo de clase, permite reconocer y visibilizar los elementos tácticos, estratégicos y de madurez del proceso que no permitió una revolución socialista en Chile.

Basta ver la prensa de la época y reconocer el debate abierto y público que se desató entre dos tácticas distintas para empujar el socialismo en Chile. Por un lado, estaba la izquierda institucional y conservadora a sus viejas formas de hacer política (que ojo, habían permitido leer al movimiento popular de la época y ganar a través de las elecciones el gobierno, no el poder) la cual desde un lenguaje despectivo hacia las nuevas formas de hacer política revolucionaria, presente no solo en la “izquierda revolucionaria” sino que también en amplios sectores de nuestro pueblo, negaban e incluso hasta la fecha, responsabilizan la situación del golpe como parte de un proceso que supuestamente se estaba acelerando “desde abajo”, marginando del discurso y del protagonismo en la acción a quienes estaban comprometidos con el proceso revolucionario en Chile.

Por otro lado un sector (calificado despectivamente por la izquierda conservadora como “ultra”) denominado “nueva izquierda” o “izquierda revolucionaria” la cual mantenía un reconocimiento a los aportes de la vieja izquierda, pero que en la concreta, establecían también una visión crítica a su apego a la institucionalidad burguesa y la “estabilidad democrática” o una supuesta identidad “constitucionalista” al interior de las FFAA. Este sector se reconoce en la gesta del pueblo vietnamita y cubano, asumiendo un rol dinamizador del debate y la política revolucionaria en América Latina en su conjunto, el “apoyo crítico” del MIR hacia la UP era pueblo organizado en el Poder Popular y desarrolla de una línea político militar que pudiese hacer frente al golpismo, no es casual que los primeros años de la UP estuviese conformada principalmente por miristas o que el propio Fidel les dijera que la revolución en Chile debía ser con Allende, reconociendo una identidad allendista en el seno del pueblo pobre chileno, tras décadas de participación política de Salvador.

La falta de diálogo sincero, fraterno y de síntesis táctica para  enfrentar las tareas del período y el desarrollo de la lucha de clases en Chile fue compleja y devastadora. La insistencia al acercamiento del centro político por parte de la izquierda conservadora al interior del gobierno, particularmente con el oscurantismo de la Democracia Cristiana, la confianza hacia sectores de las FFAA  para asumir Ministerios, la ley de control de armas, fueron el escenario legal que permitiría  iniciar un proceso de encerrona económica, política y por supuesto militar por parte del imperialismo, la burguesía y la derecha política, los cuales terminaron de golpe y sin la posibilidad de defensa o de revertir la situación por parte de la izquierda y el movimiento popular chileno en su conjunto. En ese sentido, las dos tácticas para empujar el proceso en curso habrían fracasado y debiesen pasar años, para que el movimiento popular de la resistencia a la dictadura buscara nuevos atajos para desafías las nuevas tareas frente a un régimen de violencia política estatal.

Escribir y reflexionar en torno al golpe, más que un ejercicio académico o historiográfico, para quienes nos decidimos por el camino de la organización y la pelea cotidiana por cambiar las condiciones de vida de este sistema espurio, es aprendizaje, debate política, perspectiva y desafíos. Es remontarnos a la experiencia organizativa del pueblo pobre y su sueño colectivo por una patria socialista, en ello, recordamos la resistencia armada de INDUMET y la población La Legua, recordamos el ataque al retén de los pacos allá en NELTUME, dirigidos por comandante pepe, como embriones de lo que sería la resistencia armada a la dictadura militar. Recordamos el golpe no solo como un momento trágico de la historia popular chilena, sino también y necesariamente, como la encarnación y una oportunidad concreta de la conformación de un proyecto histórico revolucionario.

El 11 de Septiembre en las marcas de lo/as que luchan en estos días

Nuestro 11, generacionalmente, está marcado por la memoria de lo/as viejo/as. Diversos relatos, documentales, actividades, marcan la biografía política de nosotros/as. Nuestro 11 es encuentro y memoria, también es acción callejera.

Diversas son las jornadas que marcan nuestra pubertad y adolescencia política, en ella aprendimos el uso de las calles y pasajes de nuestras poblaciones. En las diversas conmemoraciones del 11, nos aprendimos los nombres, las biografías y el proyecto político de cada uno/a de los hombres y mujeres que encarnaron nuestra historia de lucha. Allí encontramos una de las tantas batallas por la memoria que en Octubre emergió y se instaló como una pequeña victoria para darle continuidad a la lucha.

Nuestro 11 también está teñido de negro, el rostro y la corporalidad de lucha de la Claudia López,  joven anarquista estudiante de pedagogía en danza, organizada en los colectivos que nos formaron, como espacios micro político de sobrevivencia, resistencia, osadía y empuje político – social, o como cobijo y “retaguardia” de lo/as sobrevivientes, los cuales nos entregaron lo aprendido en tiempos de urgencias y de lucha contra un régimen de miseria y muerte. La Claudia, también era taller popular infantil, pa lo/as que creemos que en nuestro/as niño/as también hay organización y politicidad concreta. Fue asesinada en La Pincoya, ese bastión popular defendido por mujeres como la Herminia Concha, una jornada de protesta popular y conmemorativa del 11 en el 98, terminó con su danza rebelde e insurrecta, allí estás sus poemas, sus imágenes, su estatura de mujer combatiente.

El 11 de septiembre no es solo una fecha de rememoración por lo/as caídos y ajuste de cuentas contra este capitalismo neoliberal que nos ahoga en la miseria cotidianamente, también es continuidad histórica en las luchas libradas en los últimos – al menos – 20 años, teniendo como hito nuestro Octubre, la revuelta, el despliegue de asambleas territoriales y la lucha frontal contra los res guardadores de la democracia patriarcal y burguesa.

También es la experiencia político – social en torno a la pandemia y el desarrollo del apoyo mutuo, la solidaridad, el ejercicio directo de nuestros derechos populares a través de organizaciones como los comedores populares o los comprando junto/as bajo la consigna de “solo el pueblo ayuda al pueblo”, es decir, el 11 pasó de ser un espacio de encuentro y socialización entre una comunidad militante pasada a constituirse en un puente histórico con quienes queremos superar la fragmentación orgánica, cuidarnos de traidores y yanaconas, afinar la táctica y la estrategia hacia nosotros/as como pueblo/a.

Porque los 1000 días de la Unidad Popular fueron días bellos y plenos de nuestro amado pueblo, porque la lucha de la Claudia es nuestra lucha, porque el proyecto revolucionario está más vigente que nunca, marcha junto a nosotros/as y se organiza en cada territorio que nos encontramos y reencontramos en revuelta, construyendo poder popular para la revolución social.

Septiembre de 1973: el combate en INDUMET, SUMAR y La Legua - El Porteño

 

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